lunes, 16 de noviembre de 2009

Soledad...

Pensaba en la soledad y en su inevitabilidad, o por lo menos en la inevitabilidad de sentirla. Digo sentirla porque generalmente no estamos solos, ni física ni espiritualmente, y no me refiero a lo trascendente, sino que en general siempre hay alguien que nos piensa con cariño, lo cual aniquila la soledad y ni hablar del amor.
Pero me preguntaba si era necesario sentirla, es decir, si hacia a nuestro ser tener momentos de sentirnos solos. ¿Nos hace quienes somos esos momentos de enfrentar el propio yo?
Me estoy refiriendo a la soledad frente a una decisión que es intrínseca a nuestra vida, esas que nos atraviesan, como la elección de una carrera o la identificación con una vocación.
Me refiero, también, a esa sensación que tenemos a veces de vivenciar que aunque nos comunicáramos, nadie en el mundo entendería nuestra incertidumbre, duda o ansiedad.
Pareciera que somos esas soledades, creo entrever que no solo son inevitables sino fundantes y definitivas.
Pero mi ser social no deja de preguntarme “¿y qué es de los otros?”…¿no se podría pensar, acaso, que los contactos genuinos con otros nos sirven de espejo a la hora de conformarnos nosotros mismos?
Ahora bien ¿puede haber un encuentro si no hay primero un con quien encontrarse? ¿Puede haber compañía sin soledad?

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